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El Testimonio de su hijo Fernando
A 22 años de su desaparición

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Me voy a casa, miro mis libros y veo que la única casa con sótano del Vesubio era la 1. En el croquis había la indicación "acceso al sótano" y justo al lado decía "estacionamiento". Se empezó a armar el rompecabezas. Para mí el viejo estuvo en la casa 1. Lo tuvieron solamente un mes, porque la chica salió a mediados de febrero y dijo que a él lo trasladaron 15 días antes. No sé si ahí lo "trasladaron" a la muerte o lo llevaron a otro centro clandestino.

Voy a seguir investigando. Creo que puedo hacerlo porque asumí que mi papá se murió o lo mataron, si no, nunca hubiera iniciado esta investigación. Es muy difícil. Cuando salí del local de Antropólogos después de escuchar que a mi viejo lo tiraron ensangrentado y muerto de frío, lloré y lloré y no podía parar. Lloré dos días. Al tercero estaba de nuevo en la brecha. Es curioso, porque suelo empezar algo y dejarlo, pero con esto no. Me pincho porque es normal que me pinche y llore, pero después me pongo las pilas automáticamente y salgo a averiguar.

En una reunión de HIJOS pregunté a los chicos si querían saber que había pasado con sus padres y les propuse ir a la Asociación de ex detenidos-desaparecido con fotos de los padres para ver si alguno los reconocía. Todos me dijeron: "Vamos". Pero no dijeron: "¿Cuándo vamos?". Pensando en lo que me había pasado a mí, me pregunté si los chicos estaban en condiciones de saber realmente. Porque hay dos maneras de saber la verdad. Una cosa es saberla de a poco y otra es saberla de golpe, como me pasó a mí cuando me dijeron: "Yo sé quién mató a tu viejo". Pensé que me volvía loco en ese momento. Y si los chicos no preguntan que pasó con sus padres secuestrados es porque saben que todavía no les llegó el momento de hacerlo.

Quiero encontrar los restos de mi padre y darle sepultura. No sé como voy a reaccionar si lo encuentro, hasta dónde me va a dar la cabeza. Lo velaré en el sindicato. Tenía pasión por el sindicato. Cuando se separó de mamá me venía a buscar los sábados y me llevaba al sindicato. Jugábamos a la pelota en el salón de actos, con cuatro sillas hacíamos los arcos, sacábamos afuera las demás y las mesas y nos matábamos a pelotazos. Él vivía en el sindicato. Fuéramos a donde fuéramos, el siempre tenía que pasar por el sindicato, entraba, miraba papeles, no sé que hacía, pero siempre tenía que pasar por el sindicato, sábados, domingos, feriados, todos los días. El sindicato era su morada, lo suyo, su pasión.

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